Intervención #2

+ Eduardo Leiva Herrera

Septiembre, 2017

8 baquetas controladas por servomotor, arduino, algoritmo generativo, habitación abandonada

Hasta mediados de los años 90 del siglo XX, la llamada “Casa de los diez” era un misterio del paisaje urbano, un secreto que, como prolongando las jugarretas de la “Cofradía decimal”, solo conocían los iniciados. Es que la casona sorprendía en su esquina de Santa Rosa con Tarapacá por, al menos, tres razones: primero que todo, su estampa de casa colonial. Segundo, porque en ese momento aún el boom inmobiliario no llegaba al barrio, por lo que su torre dominaba entre las demás casas viejísimas que se hundidas en sus techumbres de tejas, y tercero, porque aún estaba habitada por parte de la familia que la había adquirido en la segunda mitad de los años 20.

Ha pasado el tiempo y hoy me reencuentro con esta casa que alguna vez convocó a varios de los más importantes artistas chilenos, animada por jóvenes creadores con similares inquietudes. Es que justo acá, un grupo de ellos, reunidos en el colectivo “22bits”, hace de una de sus habitaciones, su campo de experimentación. Hasta donde sabemos, esta misma sala fue el último rincón de la “Casa de los diez” que estuvo habitado. De hecho al pasar de noche frente a ella a comienzos de este siglo, la única señal de vida que salía de la casa, era la luz que se colaba por los postigos de sus ventanas. Un día se la luz se apagó y la vida adentro se hizo el silencio. Ya no la habitaba la última persona que había sido de algún modo protagonista y testigo de su historia y que representaba el nexo posible entre tiempos tan distantes y desde entonces el misterio de la memoria latente se dispersó dejando esa forma de la nada que es el silencio de las cosas inanimadas.

Es inevitable al recorrer hoy esta casa más que centenaria, el imaginarla viva y cotidiana, con sus salones, su patio enmarcado por las columnas con capiteles que recuerdan a los integrantes de la “Cofradía decimal” y su incomparable torre que fue la materialización de uno de los primeros sueños de “Los diez” –la torre, el retiro, la elevación, la perspectiva sobre las cosas –. Es inevitable sentirla cruzada por los espectros de quienes la vivieron, de quienes en ella crearon, amaron, rieron, trabajaron. Así mismo este ejercicio de buscar el sonido de la última pieza habitada, es como liberar en ella los espectros sonoros contenidos y con eso, activar una forma de memoria sutil: el sonido de las cosas olvidadas y que ya nadie más oiría.

Ahora esta habitación, por medio del artificio electrónico, vuelve a ser fuente de sonidos y así vuelve a ser vivida. Paradojalmente a través de estos espectros sonoros –que en cuanto percibimos y son en nosotros dejan de ser para siempre– podemos conectar pasado y presente y mantener viva la llama inquieta que animó mucho antes a “La casa de los diez”.

– Eduardo Leiva, escritor e investigador patrimonial
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Intervención #2
22bits + Eduardo Leiva Herrera
Casa de los Diez (Santiago, Chile)
Café con Cables 13.1
30 de septiembre, 2017

Registro: Constanza Lobos
Agradecimientos: Casa Ruido, Fundación Casa de los Diez

~ Colectivo 22bits